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El caos

  • 25 jun 2024
  • 3 min de lectura

Meliquina, 6 de julio de 2022


Me levanto sobresaltado de la cama y busco las medias que ayer tiré por ahí. ¿Qué hora es? Todavía quedan brasas en la estufa.

Me pongo la campera, un gorro y salgo desprolijo, con la linterna en la mano. Me ato mal los cordones y un viento helado me empapa la cara. Es de noche y llovizna. Cruzo el primer alambrado y corro, tanteándome los bolsillos para asegurarme de que no me olvidé el handy. Una nube de vapor sale de mi boca cuando exhalo. Me tengo que agachar bastante para cruzar el segundo alambrado y no engancharme la campera; ya rompí una que estaba nueva. Me agito pronto. Hace tres minutos, cuando llamaron, dormía calentito y soñaba algo divertido; trato de recordarlo pero no lo logro. Ahora corro a oscuras entre yuyos y no entiendo bien por qué. ¿No será otro de esos saltos temporoespciales que la psiquis experimenta en los sueños? Quiero pegar media vuelta y meterme de nuevo en la cama, posición fetal. Pero sigo corriendo sin juzgarme, persiguiendo el túnel de luz blanca que nace nítido en mi mano y se ensancha débil, allá contra un pino. Dejó atrás ahora el último alambrado y meto un pie en un charco; la concha de la madre del charco. Bajo la colina torcido y cruzo un arroyo con cuidado porque la madera que hace de puente está húmeda y me genera desconfianza. La media se humedece y me enfría el pié. Por radio nos piden que nos apuremos; acelero el paso pero no quiero torcerme un tobillo en algún pozo que la nieve esconde. Cruzo la ruta y entro al cuartel. La autobomba ya está en marcha y respiro el monóxido que escupe mientras dejo la linterna en la mesa. Entro en el vestuario y, de espaldas, un compañero se saca como puede el jogging - lo pisa con un pie y después con el otro - y deja ver un bóxer que seguramente ama mucho pero que hace rato debería ser trapo. Llega otro compañero. No nos saludamos porque nadie que recién se despierta tiene ganas de hablar. Me descalzo sin esfuerzos y tiro la campera al suelo. Hundo los pies en las botas de goma y levanto los tiradores hasta apoyarlos en mis hombros. Agarro el casco, el traje y salgo al trote, con el pantalón desabrochado. Me subo al móvil.

La ropa es inmensa y el habitáculo ínfimo; estoy incómodo. El chofer enciende la sirena mientras esperamos que se suba el último. Este abre, revolea el casco y se trepa. Es más grande que yo y se contorsiona para poder cerrar la puerta. El acompañante me habla pero no lo escucho porque la sirena nos aturde, entonces nos gritamos en la cara y nuestros alientos colisionan en una nube ácida y espesa que nos quema la piel y el alma. Me recupero y ejecuto la orden que creí entender. Salimos a la ruta a los tumbos. Me palpo los bolsillos y confirmo que tengo lo que necesito: guantes, linterna, monja. Trato de abrocharme el pantalón pero no puedo porque el camión nos zamarrea de un lado a otro. Quiero despertarme de esta pesadilla pero caigo en la cuenta de que estoy demasiado despierto. En el viaje imaginamos un escenario posible y el comando asigna roles; dos van a entrar al fuego. Una persona nos hace señas con una luz indicando que tenemos que entrar por esa calle. El camión, con seis mil litros de agua, se recuesta al entrar en la curva y sufre. Nos acercamos a la casa que hecha humo y estamos listos para bajar. El caos, no lo sabía entonces, recién estaba empezando.

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