Las mentiras y Beto tienen patas cortas
- 30 abr 2024
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Domingo 29 de agosto, 1:13 am (34 días sin Beto).
Mensaje de WhatsApp, número desconocido:
>> Hola cómo estás
>> Yo vi a tu perrito en San Martín. Lo vi en la terminal un día y otro día lo vi en el estacionamiento de la coope. [San Martín de Los Andes es la ciudad más cercana a Meliquina, está a 40 km]
< Hola
< Estás seguro que era Beto?
< Le sacaste foto?
>> No no lo saque foto
>>Vos sos el muchacho que fue a la obra la otra vez a preguntar por el perro?
< Sí. Vos quién sos?
[A la vuelta de casa hay una obra en construcción que empezó a principios de 2020. Beto era habitué ahí porque siempre ligaba algo de carne. Los obreros lo llaman Pikachu y lo conocen hace muchos meses. También lo veían pasar a menudo con Luis, su anterior dueño, y conmigo. Saben que tiene familia.]

>> Yo lo conocí a tu perrito. Trabajé en esa obra, y ese día te quería hablar pero mi compañero me dijo que no me meta para no tener problemas. Yo vi quienes se lo robaron. Fueron los paraguayos que pusieron el yeso.
>> El día que se lo llevaron mi compañero les preguntó por qué lo tenían atado y le dijeron que se lo iban a llevar a una nena. Les dijimos que no lo hagan porque a mí me robaron un perro y hace dos años que lo busco.
Mantuve con el personaje más determinante de esta historia una charla amistosa hasta la 1:40 sin decirle nada a Agos, que miraba entredormida una serie de Osho. Cuando me despedí demoré unos minutos en compartir la primicia. Por un lado porque necesité digerir semejante bomba pero además porque creí justo regalarme un tiempo a solas para celebrar el batacazo, el logro conseguido, y empezar a saborear un reencuentro inminente, justo cuando empezaba a bajar los brazos, desorientado ya por no saber dónde más buscar.
Noooo! dijo Agos y abrió grandes sus ojos claros. Tenías razón.
__ Me quiero ir ahora a San Martín.
__ Pará!, son las dos de la mañana, no da que agarres la ruta ahora. Mañana te levantás y vas.
__ ¿Y cómo me duermo ahora?
Me desperté cerca de las 7 de la mañana, manoteé el celular y en la publicación de Facebook — que a esa altura tenía cientos de comentarios y había sido compartida por muchísimas mujeres que me alentaban a encontrar a Beto — escribí en mayúscula y con evidente desesperación: “BETO ESTÁ SUELTO EN SAN MARTÍN, VARIAS PERSONAS LO VIERON. SI LO ENCUENTRAN, LLÁMENME. YO ESTOY YENDO A BUSCARLO”. Me levanté, puse la cafetera al fuego y me sonó el celular con un mensaje de WhatsApp, domingo 7:15 am:
>> Santi, qué pasó con el Beto?, vi la publicación.
< Qué hacés Aldo. Me lo afanaron unos paraguayos de la obra, me avisó anoche un pibe que trabajó ahí. Me voy a San Martín a ver si lo encuentro.
>> Vas solo?
Miré a Agos que se daba vuelta y con el acolchado se cubría por encima de la cabeza para que no le moleste la luz.
< Sí, voy solo. Pero tranqui, Aldo, no quiero arrastrar a nadie.
>> Qué arrastrar! Te acompaño. Lo agarramos y lo atamos a un poste.¿Sabés si los paraguayos tenían una camioneta gris con rojo?
< Ni idea. Preparo un café y en 20 estoy ahí.

Zigzagueamos un rato por el centro de San Martín mientras en altavoz el delator nos repasaba con detalles lo que habíamos hablado ayer por escrito. Al escucharlo me daba la sensación de que sabía mucho más de lo que nos contaba, que había algo que no podía decir y que quería que lo deduzca yo sin que tenga que salir de su boca; no sé, confiaba en su relato pero no quería creerle todo lo que me decía.
Di también una vuelta por Guardas Ambientales, en las afueras de la ciudad: es un lugar horrible donde mantienen en jaulas estrechas a perros abandonados o entregados por morder. Pocas veces se acerca alguien a adoptarlos, gritan de aburrimiento y desesperación y comen una vez al día. Por desgracia o suerte, Beto no estaba ahí.
Compramos unos sandwich de miga en el centro y seguimos patrullando por las calles principales, la terminal de colectivos y la costa del lago. Nada.
Andábamos en silencio por Av. Koessler y encaré para la ruta 40 porque me incomodaba que Aldo pase su día de descanso buscando a Beto. Pensaba llevarlo a su casa y volver para
ESA ES LA CAMIONETA DE LOS PARAGUAYOS QUE TE DIJE HOY!!! me gritó Aldo, sacudiéndome el cuelgue y señalando una Ford F100 que pasaba en dirección opuesta a nosotros.
__ Cuál?
__ Esa que pasó para allá!
Vamos a preguntarles si conocen a los de la obra de casa! dije y giré en U con la impunidad de quien corre detrás de una emergencia. Entramos a una rotonda y a la salida le hice luces, me puse a la par, ventana con ventana y Aldo les pidió que se tiren a la banquina. Nos bajamos con apuro y fue él también quien llegó primero a la Ford y tomó la palabra; yo lo vi tan envalentonado que lo dejé actuar:
__ ¿Qué hacés Mario, cómo andás? Escuchame, estamos buscando al perro que le robaron a él, fueron unos paraguayos en la obra de Lonquimay. Tenemos video donde se ve que lo ataron y cuando se lo llevan. Saben ustedes dónde está? Porque tarde o temprano lo vamos a encontrar, eh.
Yo creo, lo entendí después, que Mario esperaba hablar de trabajo y que esa amenaza en pleno mediodía lo sorprendió de tal manera que no tuvo tiempo de inventar una historia creíble. Vi con claridad cómo la verdad se le escapaba de los labios.
__ Siii, el Pikachu. Se lo llevó uno a su casa. Le cagó un sillón y la mujer le dijo que lo devuelva. Ahora lo tiene otro muchacho.
__ Bueno, ¿dónde está, Mario? Decime y lo vamos a buscar.
__ Nooo, quedate tranquilo que yo al rato lo llamo y le digo. Ahora me tengo que ir a hacer una changa y a las tres, cuando termino, lo llamo. Quedate tranquilo.
A medida que la conversación avanzaba, la ira y la calma compartían mi cuerpo. Quería acogotar al conductor y obligarlo a que me lleve con Beto inmediatamente y a la vez intentaba mostrarme amigable para no perderlo.
Escuchame, Mario , intervine, no queremos hacer quilombo, me importa un carajo dónde está o quién lo tiene, solo queremos al perro de vuelta, mi hija está destrozada hace un mes, improvisé.
__ Sí, amigo, quedate tranquilo que yo voy a hablar hoy mismo. Dame tu numero.
Le escribí mi celular en el suyo y me hice una llamada perdida. Quedamos en hablar más tarde y me despedí con un `Gracias’ que quiso ser un ´por favor´.
Fumamos un cigarro en la costa del Lago Lacar debajo de un sol primaveral y miramos la gente pasear.
— ¿Hicimos bien, Aldo, en dejarlo ir, o lo tendríamos que haber apretado y que nos lleve a donde está Beto?
— No sé Santi. Yo, si es mi perro, le arranco la cabeza. Pero están hasta las bolas. Ya saben que sabemos que lo tienen ellos y además tienen que seguir viniendo a Meliquina a laburar. Te lo van a devolver.

Volví a casa con un humor turbio: estaba contento porque hacía doce horas no sabía nada de Beto y ahora lo sentía cada vez más cerca, pero al mismo tiempo había algo que me ahogaba el grito de gol, que me reprimía el festejo anticipado, y esa alegría atragantada no me dejaba relajarme ni un minuto. Sentía que estaba dentro de una partida del Carmen San Diego.
A las 3:05 no aguanté más:
< Hola Mario. Alguna novedad?
__ Estoy laburando todavía, amigo. No pude terminar mi changuita, che.
< Ok. Avisame por favor. Gracias!
Unos días atrás tuve un sueño corto pero preciso. Yo estaba en un parque y tres perros jugaban entre sí. Uno de ellos se alejó de sus amigos y vino hacia mí, caminando lento. Yo, por cuestiones oníricas, tardé en reconocerlo pero cuando lo tuve a mis pies caí en la cuenta de que se trataba de Beto, o por lo menos lo representaba; lo alcé y lo abracé un montón mientras gritaba su nombre. No podía dejar de pensar en ese guiño del inconsciente que aunque ayer imposible, hoy quería ser real.
A las 7 de la tarde volví a insistir pero no tuve respuesta. En paralelo hablaba con Aldo y debatíamos cómo seguir. Él también le mandó mensaje a Mario pero en un tono más áspero. A las 9 de la noche, mientras preparaba una tortilla de papas, me sonó el teléfono:
— Hola amigo, tengo al Pikachu acá. Estás en el centro?
— No, Mario, estoy en Meliquina. Ya salgo para allá.
— Uhh amigo yo estoy cansado, trabajé todo el día.
— Dale, aguantame que en 40 minutos estoy ahí, dale. Ahí salgo. Chau!
Pasé a buscar a Aldo que subió a la camioneta con dos cervezas que no pude ni quise rechazar y bajamos a San Martín. No hice esfuerzos por esquivar pozos y si se me cruzaba un animal lo iba a lamentar mucho. Ya en la Ruta 40, imaginando ese abrazo, no vi un cráter y pinché un neumático que por suerte aguantó a desinflarse una vez llegados al pueblo. Nos encontramos con Mario, que de lo ebrio le costaba mantenerse en pie, y dos muchachos con caras de simpaticones que abrieron la puerta trasera de la Ford y sacaron a Beto como quien agarra una encomienda pesada. Al igual que en el sueño, envolví a Beto con mis brazos y lo apreté con fuerza, a tiempo que le besaba la trompa y el lomo. Su pelaje naranja y blanco expulsaba un perfume horrible y en sus ojos se percibía disconformidad, susto y algo de tristeza. Mientras Aldo escuchaba los argumentos infames con los que los secuaces trataban de justificar su accionar, yo estaba ajeno al mundo y sus males mientras Beto me lamía la cara.
Cambiamos la rueda y sin gomería en toda la ciudad, volvimos felices, sin auxilio y con Beto aun acobardado en el asiento de atrás.

Soñé despierto esa noche, sin poder creer que Beto estuviera otra vez en casa con nosotros. A la mañana siguiente, cuando le abrí la puerta para que salga a mear como el día que lo robaron, corrió y saltó por el terreno sin parar, hizo pis en palos, paredes y piedras, y olfateando de nuevo su libertad, dio rápidas muestras de estar volviendo a ser feliz. Sin embargo, unos minutos más tarde se alejó en dirección a la obra así que aproveché la ocasión y me acerqué para dejar las cosas claras. Les dije a los obreros, mientras atravesaba un living de escombros, que Beto era libre y que probablemente, como acababa de hacerlo, vuelva a la obra en busca de comida. Les dije también que había muchos perros sin dueño buscando familias que los adopten pero que Beto ya tenía la suya, y que su lugar iba a ser siempre Meliquina. No hizo falta decir su nombre porque, cuando me alejé, ya me seguía entre los pastos.
En cuanto a sus colegas del barrio, no disimularon la alegría de volver a verlo y tampoco tardaron en lamerle el pito al macho Alfa de la manada. Kurt, su mejor amigo y amante, estuvo en éxtasis durante horas y juntos volvieron a perderse por la montaña en busca de liebres perezosas.
Por mi parte, durante cinco semanas lo busqué, pregunté por él, publiqué sus fotos, lo lloré y, aunque intentaba ocultarlo, también lo empecé a dar por perdido.
Yo no soy su dueño, porque dueño tienen las cosas; me alcanza con ser su amigo y que se ponga contento cuando me vea venir.




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