top of page

Enemigos íntimos

  • 17 abr 2024
  • 4 min de lectura

Desconocidos dicen que las historias – como los amores - no se buscan; solo suceden y entonces nos sentamos a escribirlas. Al carajo con eso: metí un par de galletitas de limón en un tupper chico, le puse el collar a Lupita Machete y nos fuimos al hogar Del Carmen, donde hace poco más de un año vive mi abuela Elsa junto a otras abuelas más que ya no pueden, por distintos motivos, valerse por sí solas. 

Me anuncié en el portero y entramos. Lupita se largó a correr por el pasillo largo y angosto hasta llegar a la puerta de reja blanca que da al patio frontal. Encorvada en su silla de ruedas y fumando en soledad estaba Ana. – Hola – le dije. Ella no levantó la vista pero respondió con un áspero –¿Qué tal? –.  Ese sector es el más lindo del Hogar, sin dudas: un parque pequeño pero muy prolijo, rodeado de flores y rosas, y desde donde se puede contemplar el cielo y sentir el calor del sol. Como esa era una tarde, llamé a Pita que ya corría por el pasto buscando una rama, la alcé y entramos al comedor principal.

Son nueve mesas, algunas más pobladas que otras, que se distribuyen en tres hileras de tres, como un tatetí. Contra una esquina, la tele encendida con un noticioso que nadie escucha, al fondo los baños para las visitas, a la derecha la cocina y, junto a ella, el acceso al pasillo que da a las habitaciones. Casi siempre las abuelas mantienen su ubicación, por eso me sorprendió, ni bien entré, no ver a Norma ahí, de espaldas a la puerta. Apenas puse un pie en el salón, empecé a escuchar los murmullos de las abuelas que se codeaban unas a otras al ver a la chihuahua. Alicia, que dormía plácida con el mentón en el pecho, se despertó, la vio e intentó una sonrisa. Norma, la fan número uno de Pita, se hizo ver desde lejos y, señalándome con un índice acusatorio desde su nueva posición, soltó a viva voz:

–¿Vieron?, si no trae a la perrita no lo dejo entrar–. Me agaché para dejar a Pita en el suelo y encaré para la mesa del centro, donde me esperaba mi abuela materna. Cuando me vio, sonrió con los ojos y abrió los brazos. Me senté en el vértice de la mesa rectangular, entre ella y Zulema, que ya me estiraba su mano temblorosa para que la salude: –Me hacés acordar a mi hijo. Era periodista, trabajaba en Canal Siete– me dijo entre dientes; entre dientes es un decir. A la derecha de Zulema estaba Cloti, siempre en silencio pero sonriendo permanentemente y con los ojos achinados. Y en la cabecera opuesta a la de mi abuela, sentada derecha, con las manos en los apoyabrazos de la silla y masticando vaya uno a saber qué, estaba Beba con su particular e inalterable cara de orto. Jamás – y eso que fui varias veces - me devolvió el saludo. Y con mi abuela, como también así con otras, no se pueden ni ver. Ni mi abuela Elsa es una santa ni Beba será una mala mujer. Algunas veces la observo mientras mira, con el pecho erguido y el ceño fruncido, la televisión. Pero tengo que ser cuidadoso: una vez nuestras miradas se cruzaron y me intimidó tanto que me acobardé, bajé la vista y me rasqué la cabeza. 

Charlamos largo y tendido con mi abuela mientras arrasaba con las galletitas de limón. Se quejó porque la ventana estaba abierta y corría viento, se divirtió acariciando a la perra y le hice compañía mientras tomaba la sopa. 

–¿Le pusieron sal esta vez? Apurate que se enfría.

– Sí, sí, está rica.

Manuela y Coty, dos de las señoras que trabajan en el Hogar, retiraban los platos soperos y ayudaban a las abuelas a tomar sus respectivas pastillas. Norma volvía del baño con su andador para sentarse a comer y Zulema le gritó: -- Dale Fangio. Apurate! – y se reía. Norma se detuvo y le preguntó:

– ¿Me querés?

– Te adoro! – le respondió Zulema, y le tiró un beso. 

–¿Y ella te quiere a vos?–, le pregunté.

– Sí, somos amigas. Mirá! – me dice, y cuando levanto la vista veo a Norma que ya estaba sentada poniendo la palma de su mano derecha hacia arriba y soltando un soplido.  

Creo que ya sé qué pastillas toman.

Ahora Manuela sacaba a una señora que intentaba meterse en la cocina mientras Chola, desde la mesa de al lado y como cada vez que voy, me preguntaba el nombre de la perra. Abrí youtube en el celular, puse “Mano a mano” de Julio Sosa y lo tarareamos a dúo con mi abuela. La saludé con un beso, puse a Pita en el suelo y le prometí que nos veríamos pronto. Me manoteó el táper.

– ¿Para qué lo querés?

– Dejámelo.

– No. Después te traigo más!

Se notó mucho que mi respuesta no la convenció. Llamé a Lupita Machete que ya olfateaba migas debajo de las mesas, dije un ¨Chauuu¨ general y nos fuimos. 

Cuando pasaba por al lado de Beba, que ni amagó a saludarme, giró el cuello como acompañando mi recorrido y mirándome a la altura de la cintura masculló: -- La próxima traé para todas!



Entradas recientes

Ver todo

Comentarios


¿Querés contactarme?

+54 9 11 4413 7050 | santiago.frione@gmail.com
Villa Lago Meliquina, Neuquén, Argentina

Regístrate para recibir
nuevos textos

¡Gracias por tu mensaje!

© 2035 Creado por Santiago Frione con Wix.com

bottom of page