Joven y Fugitiva
- 17 abr 2024
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Ayer pasé un rato por el Hogar. Pensé en la perra, que no había salido en todo el día del departamento, pero más pensé en Norma: una abuela que cuando no voy con la chihuahua me hace puchero y me lo echa en cara; así que la llevé conmigo. Mi abuela materna no estaba en el salón, entonces saludé a las chicas de la cocina y les avisé que iba a buscarla a la habitación. Me adentré en el pasillo y la vi saliendo con su cartera chiapaneca y la radio a pilas. — Vamos al patio a tomar unos mates — le dije después de saludarla.
Me agarró del antebrazo y me pidió: —Esperamos a que se apague el ventilador –, mirando las paletas girar. << Ni en pedo espero a que frenen>>, pensé y la saqué con un tirón sutil. Caminamos entonces hasta el jardín a paso lento, ella arrastrando las pantuflas, yo trabajando mi ansiedad. Alguien había abierto la puerta del salón y Pita ya andaba con el hocico en las baldosas alborotando abuelas.
Pieles traslúcidas y ruleros. Pañuelos de tela. Manos ahuezadas. Vasos plásticos y jarras. Várices
El patio no tenía tantas flores como de costumbre pero mantenía una prolijidad asombrosa: el tono verde del pasto se mantenía parejo en todo el jardín (o al menos eso vieron mis ojos daltónicos), los arbustos parecían cortados con el ángulo de una escuadra y no había hojas caídas por ningún lado; un paraíso escondido para personas presas de TOCs.
Una vez acomodados en la mesa circular de vidrio, fui adentro a llenar el termo en el dispenser y, al salir, una abuela que veía por primera vez me agarró fuerte del brazo y me dijo con voz cansada:
— Ayudame a salir de acá. Hace tres días que estoy. Te doy el doble de lo que me pidas. Me pedís veinte, te doy cuarenta, me pedís treinta y te doy sesenta. Quiero ir afuera. ¿Podés abrir esa puerta? Si te preguntan las chicas, deciles que soy tu amiga —. Nunca me sedujo el soborno pero mientras pensaba una respuesta que la conforme fantaseé, envuelto en maldad, con la idea de cumplir su deseo y abrirle la puerta para dejarla a la deriva en la calle. – Dale, te espero acá –, insistió y se sentó en un banco de madera. Le expliqué – con el mismo tono de voz con el que le niego una travesura a mi sobrino – que no podía hacer eso y bajó la vista, con notorios gestos de desilusión.
La abuela Elsa, la de sangre, ya había abierto el paquete de bizcochitos agridulces que le llevé asi que me senté y empezamos el maté. – Ya está celosa, ¿viste? – me avisó Mary desde la cocina, refiriéndose a mi abuela. El instinto de la cocinera rompió mi ingenuidad y entendí que esa cara de disgusto de Elsa no era por los bizcochitos quemados que sacaba del paquete, sino por ver como una desconocida coqueteaba con su nieto, delante de sus narices. Le di un mate amargo y se le pasó.
Otra abuela que creo no haber visto nunca, lo suficientemente joven como para confundirla con una visita, salió del salón y se puso a charlar con la que intentaba darse a la fuga.
Después se paró al lado de nosotros y nos sacó charla:
— ¿Cuánto tiempo tiene la perrita?
— Seis, siete años. Es adoptada.
— Ah, mirá. ¡Qué chiquita es! Yo recién llego, fui a la peluquería hoy. Me voy a tener que ir a cocinar porque se hace tarde. ¿Qué hora es? – preguntó acercándose despacio a mi abuela que la miraba sentada y le besó la frente:
— Chau señora, ¡que ande bien!
— Adios! Usted también – devolvió mi abuela Elsa, con una sonrisa que me pareció sincera.
<< Cincuenta y siete. Cinco, siete >> gritó con esfuerzo una chica joven en el salón, apoyada en una mesa, y encargada como todos los martes de hacer jugar a las doñas.
— ¿Qué están transmitiendo adentro? — quiso saber, extrañada, Elsa.
— Están jugando al Bingo, abuela. ¿Por qué no quisiste jugar?
—Si hacés Bingo te regalan un bombón nada más— me explicó y torció la boca.
— ¿Y cuántos años tiene la perrita? — interrumpió la abuela joven, que no se había ido de la escena.
— Siete años –, repetí.
— Es de las chiquitas. Bueno, los dejo. Cuidesé señora — y se agachó para darle otro beso en la frente.— Cualquier cosa me llama; tiene mi número. Me voy porque mi mamá no cocina, mi papá tampoco, y si no cocino yo, no come nadie — e interceptó un mate que tenía como destino a mi abuela. Bebió sin apuros.
—¿No le ponés azucar?
— Muy poquito.
Hizo el gesto de quien huele mierda y se acercó a mí para darme un beso. Nos saludamos y, antes de entrar al comedor, giró y me consultó:
— La perrita… ¿es perro o perra?
— Es perra. Lupita se llama.
— ¡Que hermosa es! ¿Y qué edad tiene?
Abuela Fugitiva recuperó la vertical y, bastón en mano, se puso a charlar con Abuela Joven, que nunca volvió al salón. Yo me desentendí de esa conversación y le cebé otro mate a mi abuela para que no se atragante con la docena de bizcochitos que se había morfado.
— ¿Quién es? — me preguntó con el ceño fruncido y abrazó la bombilla con los labios.
— Una conocida del barrio — le contesté, para alivianar su confusión.
Mientras charlábamos, la perra corría por el pasto buscando, crédula, un palo de madera entre tan perfecto orden. Cuando volteo a mirarla noto la ausencia de las dos abuelas que ya escapaban sigilosas por el pasillo, con pasos cortos y tomadas del brazo, a metros de una libertad peligrosa. Era imposible que alguien les abriera la puerta y que salgan a la vereda de Albariño como si nada. Sin embargo, ajenas a ese límite, ellas avanzaban inconscientes y con admirable confianza. Me puse rápido de pie y las miré irse desde la puerta de rejas entre preocupado y contento hasta que Mary, que notó desde la cocina mi falta de determinación, fue a buscarlas, las tomó del brazo y las obligó a volver.

La tarde se cerró, la yerba perdió sabor y sirvieron la cena.
Tengo la sensación de que anoche – mientras yo amontonaba estas palabras – Joven y Fugitiva pensaban con pena y no sin sonrisa, luego de la sopa insulsa y antes de que el sedante las hunda en un sueño pesado, con los ojos cerrados y en el silencio del Hogar dormido, que nunca antes, ni siquiera en la adolescencia, habían estado tan cerca de la Revolución.

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