Travesía
- 1 jul 2024
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Son las once y media de la mañana y desde las nueve estoy persiguiendo mis primeros 21 kilómetros de montaña. Me levanté a las siete y desayuné sin ganas un café cargado y una taza honda con cereales y fruta. Mientras me cambiaba, con los pies sobre baldosas con losa radiante, me asomé por la ventana y vi cómo la cumbre del Bayo ya se escondía debajo de una manta de neblina densa. Ahora hace un largo rato que me estoy arrastrando por esta montaña y ya acumulo casi 1600 metros de desnivel positivo. Trepo encorvado por una pendiente infinita, manoteando raíces para impulsarme, en un bosque blanco de Ñires y cañas. Cada tanto resbalo y hundo las rodillas en la nieve que, a medida que subo, se acumula como espuma borrando senderos y marcas. Llevamos casi tres horas en marcha, humedos y cansados ya nadie busca ganar posiciones. Ahora somos un tren lento que escala en silencio, de espaldas al Nahuel Huapi. Miro para arriba pero no distingo dónde termina el Cerro y dónde empieza el cielo; ¿serán la misma cosa? La voz del viento se confunde con los jadeos propios y ajenos. Y aunque nadie exterioriza lo que siente, empiezo a darme cuenta que no soy el único que está preocupado. Detrás de una roca aparece un hombre flaco, con gafas transparentes y bastones de trekking, que camina hacia nosotros a un costado de la huella y le pregunto qué hace yendo para atrás. —Yo me vuelvo, me asusté. No se ve nada para el otro lado—, me dice subiéndose las medias. Acobardado, con el miedo que solo se percibe en la certeza de la desprotección, sigo trepando con preguntas que nadie me responde. Quiero intentar un trote para postergar el enfriamiento de las piernas pero doy pasos torpes, poco sinceros. El viento nos golpea de costado y ahora se me duerme el pómulo derecho. Muevo la mandíbula y me froto las piernas pero los guantes son dos cubeteras. Las medias escarchadas, la piel de los muslos casi transparente, como un papel de seda. Me noto frágil como una hoja y a disposición de la ferocidad de la naturaleza.



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