Valhol
- 1 jul 2024
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Hice dedo en la ruta y me subí a un micro verde.
Salimos de noche y viajamos horas y horas y horas en auto.
Escuchamos podcast, rock y cumbias del recuerdo que mejor olvidar.
Entramos y salimos en millones de rotondas.
Paré a sacarme una foto en un pueblo que se llama Carro Quemado.
Seguimos viajando durante horas. Manejé. Dormí poco.
Nos recibieron unos pampeanos en su casa con un plato caliente; me conocieron esa noche pero me trataron como a un amigo de toda la vida.
Salimos a la ruta al alba, en caravana, como adolescentes que viajan a Brasil de vacaciones; contentos y atolondrados.
Llegamos a las Sierras de Córdoba y nos acomodamos en una casa; me tocó dormir en el colchón de abajo del sillón y no encontré motivos para quejarme.
Desayuné e hice compras en el supermercado con los nuevos conocidos con quienes convivía. Nunca medí mis comentarios y me comporté como si aceptaran mis miserias. No les molestó que no coma carne y no me hicieron las preguntas absurdas que me hacen todos. Quise saber quiénes eran, cómo eran sus vidas. Jóvenes en cuerpos de adultos que se alejaban por un rato de sus quehaceres cotidianos para alcanzar un sueño, un objetivo, un logro personal; correr con amigos por la montaña, como chicos sin preocupaciones.
Vi adultos levantarse temprano y no por plata.
Vi tipos robustos soltar lágrimas de emoción.
Vi personas arengar a desconocidos a los gritos, a cambio de nada.
Vi señoras que no podían esconder la alegría que les daba el logro de un extraño.
Corrí por suelo nuevo, con calor de verano; me caí varias veces al piso pero me levanté rápido porque quería seguir jugando.
Alguien me elogió los ascensos pero me dijo que en el llano podía alcanzarme.
En el Cerro de La Virgen le gritaron a una chica joven que corría cerca de mí que era la tercera mujer. Me uní al ritmo de su mente ganadora en búsqueda del podio mientras trepábamos a la cumbre. Después bajó ágil entre las piedras y se alejó.
En el pueblo me esperaban mis amigos, que con su aliento me impulsaron más que los carbohidratos.
Llegué al arco transpirado, sucio, con algo de sangre en la rodilla pero contento, porque nadie me esperaba para retarme y la tarea ya estaba hecha.



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