Siempre
- 7 oct 2024
- 1 min de lectura
Siempre nos sonreís. No importa si recién te despertás de una siesta, si estás entretenida en el gimnasio y nos ves pasar o si me descubrís, sentada en el sillón, saliendo de la pieza. Tu primer gesto, obsequio divino a quien se cruza con vos en una mirada, es regalarle tu sonrisa. A veces, incluso, te ruborizás por haber entregado tanto y te escabullís en tus brazitos. Quien de vos recibe esa mueca, sutil y espontánea, se conmueve primero, agudiza la voz después y sonríe, como única respuesta posible, con una sinceridad que creía perdida. El tiempo ahora corre, tal y como me lo anticiparon, pero sonreir es, y permanece siendo, tu carta de presentación.
No sé hace cuánto te saqué estas fotos que ahora comparto, como otras tantas, sin tu consentimiento, pero hoy ya te movés diferente, torcés la boca distinto, te quedás sentada un buen rato sola sin necesitarnos. Hace poco descubriste el engaño y lo empezaste a implementar con frecuencia. Son resongos inconsistentes, como llantos falsos que no alcanzan las lágrimas. Pero nosotros vamos y mordemos el anzuelo adrede. Entonces vos te tranquilizás, ganás confianza, creyéndote buena actriz y más tarde reincidís. Los juguetes que tanto te gustaban en ese momento hoy son solo estorbos en el corralito. Ya ni junás al Mickey que te hacía reír unas semanas atrás. ¿Harás lo mismo con nosotros algún día? ¿Dejaremos de ser fantásticos y divertidos para convertirnos en padres anticuados que no entienden nada de la vida?



Comentarios