Estos tipos
- 7 oct 2024
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Estos tipos se subieron a un avión para pasar apenas un fin de semana con nosotros. El “apenas” no desmerece su accionar, más bien lo enaltece.
A uno lo conozco desde los inicios de mi memoria. Quiero decir, no tengo recuerdos sin él. Cuando éramos chicos y jugábamos al fútbol me hizo hacer muchos goles. Cuando éramos jóvenes y salíamos a bailar, también. Al otro lo conocí un primer día de clases en la secundaria: se sentó solo adelante, como melancólico, extrañando a sus excompañeros y le ofrecí acercarse. Más de una vez durmió en mi casa de la infancia abrazado a un balde de plástico. Una tarde casi nos vamos a las manos por una maceta.
Uno estuvo conmigo en situaciones que hasta me avergüenza recordar, de esas que no se hablan más para hacer de cuenta que nunca pasaron. El otro también, así que cuando nos vemos charlamos del presente.
Uno es un artesano armando porros pero si le pedís que despliegue un tender, se le complica un montón. El otro perdió parte de un brazo por la mordida de un Pitbull malísimo y no derramó ni una sola lágrima, pero cuando caminamos yendo a un mirador la nieve se le coló en las zapatillas humedeciéndole las medias y rezongó.
En el supermercado, ni bien llegaron, hicieron una compra muy Villa Gesell 2007: había de todo, como para una quincena, pero nada se podía comer. También compraron pañales para Esmeralda y trajeron regalos para Agos y para mí.
Uno de ellos me quiso dejar una remera agujereada que ya no usaba, como si yo fuese un vagabundo que vive solo en el monte. Le agradecí pero le dije que todavía tenía dignidad.
El otro me preguntó demasiadas cosas de la nieve y las montañas que yo respondí con excesivo desgano.
— ¿Cómo hacen para vivir acá? — soltó uno de ellos, mientras cortábamos leña un mediodía. Cómo hacen ustedes para vivir allá, pensé, pero no dije nada.
El sábado fuimos a la cervecería del pueblo y jugamos al truco con amigos de estos tiempos. Volvimos a casa en segunda, adivinando las esquinas, porque los copos de nieve caían en el parabrisas y se desparramaban como espuma seca.
Una mañana, cuando fumaba su primer cigarro del día, uno de ellos me preguntó si cada tanto los extrañaba y le dije que no. Le mentí.



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