Amigos Absolutos
- 19 abr 2024
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Miércoles 19 de abril de 2017
San José del Cabo
Baja California Sur, México
Hace dos semanas estábamos con Patricia y Esteban – con quien recorrimos Baja California desde Tijuana hasta Los Cabos - en una playa de San José pasando la tarde. Nos acomodamos en la sombra de una palapa que se desocupó justo cuando llegamos y nos dejamos caer como focas perezosas a ver el mar y sus olas. Estábamos muy cómodos como para movernos, pero nos sedujo la idea de conocer otra playa cercana donde nos esperaban unos amigos. Asique a la hora de haber llegado, nos levantamos, cargamos los bártulos a la camioneta y nos fuimos para allá. Una vez ubicados en la playa Santa María, nos encontramos rápido con nuestros amigos de Mexicali, su heladera colmada de cervezas y su parlante a todo volumen. Agos ya se estaba sacando el short para ir al agua cuando le dije - sin ganas - que aprovecháramos la multitud de domingo y diéramos una vuelta para intentar incrementar nuestro escaso capital. Es que desde hace unos meses, como un ingreso extra, revendemos en zonas turísticas unas carteras hermosas de algodón tejidas a mano que compramos en Chiapas a un precio imposible. Dije extra pero me corrijo, es el mejor ingreso que tenemos: juntamos la misma plata vendiendo una sola en minutos, que trabajando ocho horas cada uno para un miserable. Se notaba a todas luces que hubiésemos aplastado felices el culo en la arena en lugar de salir a repetir un speech engañoso con una sonrisa falsa. Pero, como necesitábamos plata para poder alquilar un cuarto, la miré a Agos y dándonos ánimo le dije una de esas frases de Facebook: “fracasar es no intentarlo”. Acto seguido colgose las carteras al hombro y salimos a manguear. Después de algunos “beautiful” y “ahorita no, gracias”, logramos venderle a una cuarentona que ya se estaba preparando para irse. Seguimos caminando y vimos cómo un señor de unos cincuenta años, de buen físico y con canas en el pecho, coqueteaba de manera excesiva y sin disimulo con su pareja. Ella era considerablemente más joven que él, delgada, de pelo lacio castaño y se dejaba manosear entre risas. Eran dos ebrios felices que se olvidaron que estaban en una playa pública llena de chicos. Nos acercamos sin importar interrumpirlos y les ofrecimos una cartera, pero nos respondieron que no, casi sin mirarnos. No obstante, en cuanto nos alejamos unos pasos, el señor me llamó con el índice para que regrese. Yo me acerqué, apoyé una rodilla en la arena (pensando que iban a elegir una cartera), pero el gringo - en un inglés cerrado - me preguntó:
- ¿Dónde hay una tienda para conseguir alcohol?
- Acá cerca imposible. Tiene que ir hasta un Oxxo para el lado de San Lucas, pero está lejos -, le respondí yo, decepcionado por su pregunta.
- ¿Tienes carro? – quiso saber, encolerizado. Yo empezaba a entender a dónde quería llegar y le respondí la verdad, que sí, porque aun no habíamos podido vender la Ford Explorer que compramos en Tijuana. Entonces abrió grandes los ojos, sacó una botella de Absolut vacía de una cartera, extrajo cuarenta dólares de su billetera y me los extendió.
– Quiero uno como este-, me dijo mostrándome el vodka con soberbia -. Si me lo traes, cuando regresas te doy esto-, y de nuevo metió la mano en la billetera pero ahora para sacar dos Benjamin Franklin hermosos que parecían recién hechos y que me miraban sonriendo como diciéndome: “Andá boludo, no te hagas el duro que te morís por meternos en tu billetera flaca. Apurate que somos más tuyos que nunca”. Sostenía los billetes con dos dedos y me los mostraba como quien hace desear a un perro con un hueso. Yo los tanteé haciéndome el que constataba su legitimidad y él no los soltó. Mientras la miraba a Agos para que me confirme que lo que estaba pasando no era un engaño o algo por el estilo, yo caía en la cuenta que dándonos sus sobras, este muchacho nos estaba regalando lo que necesitábamos para poder alquilar un cuarto por un mes. Creo que demoré en responder, entonces el gringo me sacó del limbo con un imperativo: - Let´s go! Let´s go! -Yo recuperé la vertical, tomé sus cuarenta dólares y me fui sin disimular la desesperación. Agos me alcanzó las llaves de la Ford y volvió para venderles una cartera por veinte dólares más. Me subí a la camioneta como quien olvida una tarta en el horno y salí disparado en busca de la bebida blanca. Eran casi las cinco de la tarde, quedaba apenas una hora de sol y mi intención era volver y entregar el pedido antes del atardecer, no sea cosa que mi amigo se arrepienta y desista. Para sumarle tensión a la escena, la aguja del combustible estaba caída por completo y la reserva se iba a terminar en cualquier momento.
En México, además de los tacos con cerveza, las enchiladas con agua de horchata o la música de banda y el tequila, hay otra pareja perfecta que tiene todo lo que necesitás, a cualquier hora y en todas partes: PEMEX (Petróleos Mexicanos) y OXXO (una cadena comercial perfecta). Siempre están juntos, pegados como novios adolecentes y, aunque a diario te cruzás con miles sin necesitarlos, ese día llevaba quince minutos a la carrera y no aparecían por ningún lado. Preso de la ansiedad, decidí bajar mis revoluciones y las del motor, y así al fin brotó en una esquina el hermoso cartel verde de letras blancas: pedí que me carguen veinte dólares sin preguntar - por primera vez - a cuánto estaba el cambio, dejé propina por anticipado y me bajé a buscar el Absolut. Con los veinte dólares restantes compré doce latas de cervezas para festejar un triunfo que todavía estaba verde, una bolsa de hielo, el último vodka que quedaba en la estantería y me devolvieron cien pesos. Salí al trote de la tienda con una bolsa en cada mano, me subí a la Explorer pero, para peor de males, la inoportuna no quería arrancar. El playero habrá visto, imagino, la gota de sudor que me recorría la frente que sin pedírselo se ofreció a empujarme. Una pendiente nos facilitó el trabajo y salí en segunda en busca de un retorno.
Mientras volvía, sin siquiera encender el estéreo, me invadían distintos pensamientos: ¿Estará todavía mi amigo o se habrá cansado de esperarme? ¿Me dará, cuando llegue, los doscientos dólares que me prometió y, si me los da, no serán falsos? ¿Por qué no me los daría si me entregó cuarenta sin ninguna garantía de que iba a volver? ¿Me pedirá el vuelto de los cuarenta o soy un pelotudo que todavía no entiende que, a este señor, si hay algo que le sobra, es la plata?
Aterricé en el estacionamiento de Santa María y dejé la camioneta torcida sin respetar las paralelas. Me bajé no sin apuros, tomé las bolsas y me dirigí hacia la playa al galope. Gracias a Dios y al alcohol, mi amigo todavía reposaba en la arena con su pareja de treinta y pocos años. Entonces, para no exhibir el botín antes de consumar la victoria, apoyé las Tecate y las Indio en la entrada junto a una pared y les solté media bolsa de hielo. Luego, enterré el Absolut entre los rolitos y me acerqué a ellos canchero, con el pecho inflado, como un guardavida que sale del mar con un nene rescatado para devolvérselo a los padres. Él no se percató de mi presencia hasta que estuve a pocos metros. Cuando me vio, noté sin esfuerzos que ya no me esperaba. Entonces me agrandé un poco más y lancé una retórica: - ¿Llegué tarde?- Sin mediar palabra y con los ojos inyectados de alcohol volteó, sacó los dos billetes y me los entregó. Chocamos los puños, le expliqué rápido que ese dinero era de gran ayuda para nosotros – aunque era evidente que le importaba poquísimo – y me alejé contemplando miradas de asombro de una familia mexicana, testigo del intercambio. Volví por las chelas y me acerqué a mis amigos sin poder camuflar la sonrisa. No perdimos un minuto en destapar las cervezas heladas y brindamos con alegría en un atardecer glorioso.
Pero, ¿cuál habrá sido el desenlace del ricachón? ¿Habrá servido el Absolut para no acabar temprano su relación amorosa o, por el contrario, se habrán desplomado antes de tiempo? ¿Y si se mataron en la ruta volviendo? ¿Se acordará de mí como yo lo recuerdo a él? ¿Se pasará una noche entera escribiendo sobre nuestra anécdota para contársela a sus amigos? Y por último, ¿le habrá importado pagar cuatro mil quinientos pesos un vodka que costó doscientos?
Por nuestra parte, al día siguiente fuimos a una casa de cambio en el centro de San José; entramos con nuestra propina y salimos con una cama, un techo, una heladera y un baño.




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