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Un día vivo

  • 23 abr 2024
  • 5 min de lectura

Tulum (México), septiembre 2016


Ayer fue un día de esos que llamo “los días muertos”. Me acuerdo cómo se levantaron en simultáneo las cejas de Miguel, el único psicólogo al que me animé a ir, cuando un buen día le conté de mis días muerto . A ese gesto de asombro lo acompañó con un sobreactuado: — ¿“Días muerto”?, ¡qué fuerte! —

El hecho que interrumpió la monotonía del día sucedió a la noche, después de darme una ducha de esas que parecen rescatarte del limbo y te despiertan lo suficiente como para poder interactuar con otro ser humano en la caja de un supermercado. Fui entonces en busca de jitomate, aguacate y choclo, lo que nos hacía falta para completar una gran ensalada.

Pisando las nueve de la noche salí del supermercado Bodega Aurrera, en la intersección de las avenidas La Selva y Coba, con las verduras y una Fresca de litro y medio que dejé en el canasto improvisado de la bicicleta. Ni bien me subo al vehículo de cuadro blanco, llantas y manubrio amarillo, veo pasar un camión con doble acoplado en el mismo sentido en el que yo tenía que volver a casa. Cuántas veces caminando aburrido por cualquier vereda de cualquier barrio pensaste: -”Al pelado lo paso antes de que llegue al palo de luz”. Bueno, eso pensé yo: a la esquina (que estaba a medio kilómetro) llego primero yo, no este gil. Pero esta vez el pelado era un camión enorme, muy pesado, ruidoso, con pocas luces y muchísimas ruedas que lo soportaban y, aunque tenía un andar lento, asustaba por su inmensidad. Lo que se le cruzara indebidamente en el camino lo iba a pasar por arriba sin pestañear. Pero me importó un carajo. Bajé el cordón ignorándolo, esperando a que pasaran sus dos acoplados y sus treinta y cuatro ruedas y con los dientes apretados y los ojos semiabiertos lo empecé a correr por Av. La Selva.

A priori era una competencia desigual. Y no lo digo por el porte de los participantes, sino porque uno inventó el juego y le puso sus reglas y el otro, todavía digiriendo unos tacos al pastor y escuchando por radio la victoria de Tijuana ante Pumas de local, ni siquiera era consciente de su condición de oponente. Yo corría con ventaja: conocía el camino. Estaba seguro de que el conductor de ese monstruo también lo conocía, y más que yo. Pero imaginé que él no iba a tener en cuenta los lomos de burro que lo obligarían a aminorar la marcha sobre el final de la recta, exactamente en el momento en el que yo pasaría al frente, convirtiéndome en justo ganador y dejándolo a él chiquito, silencioso e intrascendente ante la mirada de nadie.

Yo pedaleaba cada vez más rápido, sin pensar en otra cosa que en empujar hacia abajo de manera constante y repetitiva: izquierda, derecha, izquierda, derecha, izquierda, derecha. Pedaleaba al mismo tiempo que inhalaba todos los desechos de gas que el escape de mi contrincante me escupía sin parar. En ese momento me di cuenta de que el tipo también quería llegar primero a la esquina y para lograrlo no le importaba intoxicarme y jugar sucio. Entonces sonreí, pero incómodo. O nervioso; no sé. Seguí empujando cada vez más y a la altura de la Av. Satélite, a mitad de recorrido, tenía a mi derecha una selva oscura y a mi izquierda la unión de ambos acoplados. El camino se me hacía cada vez más angosto, el ruido de los contenedores saltando y golpeando sobre el camión por la irregularidad del camino me intimidaban y yo sabía que con que una piedra me tuerce la dirección y me tire abajo de la bestia… mirá, mejor ni pensarlo. Pero seguí igual. No me voy a achicar ahora, pensé, a segundos del lomo de burro que me va a catapultar a la cima del podio. Imagino que corríamos a 40 km/h cuando lo que esperaba sucedió: las luces de stop se encendieron y me encandilaron, el chillido de las pastillas mordiendo los discos me aturdió y yo, ya a la altura de la cabina del conductor y a pasos de la meta, empecé a pensar en el festejo. Nunca bajé la marcha. Venía feliz, embaladísimo y preparando el pulgar derecho para romper la campana de mi bocina en un sobrepaso memorable. Y así fue. Y le dolió. Porque, cuando estaba por consumir la maniobra, el mal parido se tiro medio metro para la banquina y me achicó el margen. Pero lo pasé igual. Y le di con todo al ring, ring, ring y después le levanté el puño derecho apretándolo con fuerza y ​​mostrándoselo como un trofeo.

Pero esperá. Me encantaría que la historia termine acá o que siga por los carriles normales de un cuento en el que el protagonista es un tipo ganador. Inventó un juego, lo jugó y lo ganó. Pero no. La diferencia la hacen los detalles y yo no tuve en cuenta uno de ellos. Y es que el lomo de burro debía ser un reductor de velocidad tanto para el camión como para mí. Volvamos a la escena de la bocina sonando y el puño levantado en señal de victoria. El segundo posterior es un descenso apurado de mi mano derecha para dejar de alardear con el triunfo y tomar firme el volante, la presión de los patines sobre la llanta que pudieron hacer muy poco y el acabose. Cuando impactó la rueda delantera contra el poco elegante lomo de burro (de esos que son como subir y bajar a una vereda), la lata de choclos salió de despedida para la selva y la Fresca hacia la avenida, haciendo trompos como en el juego de la botella pero asustada y entregada a la inminente muerte debajo del gigantón asesino. No me quedó otra que frenar inmediatamente, no era lícita la victoria sin los elementos que llevaba. Entonces me bajé del asiento y miré lo que no quise ver: todavía daba vueltas en el piso la botella de plástico y yo ni levanté la mirada. Era obvio que mi rival se estaba cagando de risa ante mi blooper y ya había torcido la dirección para pasarle por arriba a la Fresca y reventármela en la cara. “No hproyectes”, me hubiera dicho Miguel. Y sí, yo la hubiera pisado mientras festejaba entre risas y con un bocinazo bochornoso. Pero el conductor no lo hizo. Él nunca jugó a nada. Mientras la Fresca imploraba piedad con los ojos cerrados debajo del camión, el tipo subía el volumen porque Tijuana anotaba el tercero sobre el final en el Estadio Caliente de Baja California y se mantenía así en la cima del campeonato mexicano.

Y ahí estaba yo, derrotado, avergonzado y humillado por mi yo competitivo e irracional, que se reía de mí mientras me miraba parar el tránsito para recuperar la bebida primero y la lata de choclos después. A tiempo que me reincorporaba en la pista, miraba con envidia insana al ganador que pasaba por la meta sin siquiera festejar. Volví a casa despacio, cabizbajo y vencido, todavía respirando el olor rancio del fracaso personal y pensando si valió la pena arriesgar tanto a cambio de una inyección de adrenalina tan efímera para levantar un día chato. Me respondí que sí, que con un casco que me proteja la cabeza que ahora uso para elegir estas palabras, con luces que me hagan visibles en medio de la noche y recordando que no soy ajeno a los obstáculos de mis oponentes, volvería a jugar; porque me hizo sentir vivo en medio de un día muerto.

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