Y nosotros ahí
- 4 jul 2024
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Sus pies sobre La Habana, como flotando. Yo detrás siguiéndolos. Llegamos como mulas, con cuatro valijas que no eran nuestras. No sabíamos bien qué tenían. Juguetes chinos para revender en la calle; eso nos dijeron y pudimos ver cuando nos las mostraron en Cancún, antes de volar. En el aeropuerto José Martí, justo antes de cruzar la puerta de salida, me frenó una mujer adulta y robusta, me puso la mano en el carro y me miró con recelo. Era morena, de labios gruesos y con una colita de pelo que le tensaba el rostro y le exageraba el enojo. ¿Vienen por 15 días y traen tantas maletas?, me preguntó, sagaz. Yo dudé la respuesta ensayada y, al verme titubear, Agos se interpuso y respondió por mí; salimos ilesos. Entregamos las valijas y nos subimos a una guagua que nos dejó en el corazón de La Habana Vieja.
Caía la tarde y nosotros ahí, sin saber aún dónde dormir esa noche; rigor que en esos tiempos nos seducía. Partidas de ajedrez en las veredas y televisores con los JJOO de Río de Janeiro. Sobre la ventana descascarada de una casa, una señora ofrecía moros con cristianos. Nos vieron tan ajenos que nos hicieron pasar y cenamos sobre una mesa redonda con mantel plástico a cuadros rojos y blancos, como si fuésemos familia. Era un abuelo, de camiseta blanca y huesos a la vista que se llamaba Rolo. Milagros era su mujer, de rulos grises y delantal. No había sillas para todos pero sobraban baldes dados vuelta. Él nos hablaba de la Revolución y ella nos cocinaba el arroz. Su nieta, Claudia, nos contaba en voz baja que se quería casar para irse de la isla; no sabía muy bien qué era internet. Dijo que esa noche iba a una fiesta con David, su novio, a bailar salsa. Nos sumamos.

¿Quieren un trifásico?, nos invitó Rolo antes de irnos: ron, café y leche condensada. David pasó a buscarnos y nos subimos al Volkswagen gris. Paramos en el malecón, compramos un Ron Havana 3 Años por unas monedas y tomamos del pico. Después lo guardamos en la cartera de Claudia para entrarlo de contrabando a la discoteca. La cita fue en una quinta, con un sector con mesas al aire libre que rodeaban una pista de baile. No parecía un sitio turístico, sino un lugar íntimo en un rincón de la ciudad donde solo accedían locales. Y nosotros ahí, porque un conocido de David nos dejó pasar. Siluetas laxas se mezclaban con morbidez y sensualidad, encendidas. Nos alejamos de ahí sin siquiera intentarlo y armamos un porro con el papel de un folleto. Fumábamos en ronda mientras escuchábamos rapear a Karel, otro amigo de David. El tiempo parecía haberse suspendido, como en toda la isla. Era una noche cálida, con un cielo plagado de estrellas y nosotros ahí, como parte de un conjunto de casualidades imposibles de entramar. Las rimas y compases del cubano sonaban armónicas por el ron y la marihuana o porque realmente lo eran, pero no podíamos descifrar de quién hablaba cuando mencionaba a Alexander Bukowski, tipo de barrio, mafioso ruso. Nos contó más tarde, quien narraba, que varias veces se tuvo que bajar del escenario por la letra de su hip hop. Después nos explicó algunas de las metáforas que menciona y nos compartió la pista de audio por bluetooth.
Una semana después viajamos a Cienfuegos. El segundo día empezamos a notar bastante movimiento en las calles: carritos de comida en el malecón, una comparsa que se alistaba para salir, familias enteras bailando a la espera de un festejo. Esa noche, lo supimos más tarde, el pueblo cubano festejaba el cumpleaños 90 de Alexander Bukowski; tipo de barrio, mafioso ruso. Y nosotros ahí.



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