―¿Estás bien, Agos?
- 19 abr 2024
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Actualizado: 7 oct 2024
Chiapas (México), agosto 2016
La tarde del 2 de octubre de 2016 estábamos muy lejos de casa y ni Agostina ni yo nos queríamos morir.
Hicimos dedo durante una hora y media en la banquina de la ruta 186, a pocos metros de la frontera con Belice, hasta que frenó el Ford Fiesta de Brandon Baltodano. Nos pidió plata para la gasolina y le dijimos que no. Cuando volvimos a refugiarnos en una sombra nos gritó desde el auto: — ¡Ándale, vámonos! — y con algo de resignación en su mirada nos invitó a subir.
Ya en el estado de Campeche, después de quinientos kilómetros de viaje y mientras me agachaba a agarrar un papel debajo del asiento, el Ford se estrelló sin motivos ni testigos contra el guardarrail derecho y empezó a desarmarse con nosotros adentro. Un baño de vidrios nos caía sobre el cuerpo mientras el esqueleto del auto se retorcía a los gritos, sacudiéndose en bullicio eterno y zamarreándonos sin escrúpulos.
En ese momento, mientras el Fiesta daba vueltas con la trompa destrozada, supe que nos estábamos muriendo. Supe también que hacía un largo rato que no miraba a Agos por el espejo del parasol y eso me pareció una injusticia aún mayor. ¿Qué fue lo último que hablamos?, ¿qué me querrá decir en este momento?, ¿seguirá dentro del auto como todavía estoy yo? Pensé al mismo tiempo en nuestras madres recibiendo una noticia semejante y sentí también pena por ellas.
De un momento a otro, sin embargo, el auto por fin se detuvo y un eco de silencio nos envolvió. Me palpé y me sentí. Noté que no tenía ningún hueso roto o que quizás el shock no me dejaba sentir, pero increíblemente estaba sano. El cinturón me oprimía el pecho y me encadenaba a la butaca, entonces —todavía aturdido y mientras luchaba para liberarme— solté con pánico infinito aquella pregunta, a tiempo que un hilo glacial me trepó por la espalda esperando una respuesta que tal vez nunca llegara. — Sí, estoy bien — me dijo Agos, con la voz jadeante.
Me bajé entonces del auto sin gritos ni llantos —como se acostumbra en este tipo de escenarios— y sin tener que abrir ninguna puerta. Metí medio cuerpo por la ventana trasera, abracé a Agostina con fuerza y le di muchos besos en la cabeza; ella inmóvil, sin parpadear. Una señora que bajó apurada de una camioneta me hizo a un lado y le acercó un algodón con alcohol para que lo inhalara y evitara así desmayarse. Forcejeé para abrir su puerta pero la carrocería se había deformado tanto que no lo conseguí. Di la vuelta por delante del Fiesta que ya echaba humo y abrí la otra puerta con apuro. Revoleé las mochilas y los bártulos al pasto para liberar espacio y entonces Agos pudo salir del auto, sin lesiones aparentes y sacudiéndose aristas de vidrio de la ropa. Cuando se bajó vi que el cinturón que le había salvado la vida tenía un empalme hecho con un nudo casero y, sin querer, sonreí. Otros testigos pararon también a ofrecer ayuda y se sorprendieron de vernos tan enteros mientras el Ford empezaba a incendiarse.
Brandon Baltodano no solo no nos preguntó cómo estábamos, sino que nos pedía que nos fuéramos rápido y nos escondiéramos en el monte. De la nada aparecieron en escena dos secuaces que ayudaban a nuestro exchofer a quitar con desespero sus evidencias del auto, nos preguntaban si estábamos seguros de tener encima nuestros documentos, lo subieron a Brandon a una camioneta y se alejaron por la ruta, abandonándonos sin siquiera disimular la indiferencia. Los autos que se habían detenido a un costado de la ruta empezaron a retirarse también.
– Tienes sangre en la rodilla –, me avisó un tipo de rulos, mientras regresaba a su auto.
– Escuchame, ¿nos podés sacar de acá? Dejanos en el primer pueblo que aparece.
– Estamos llenos en el auto, no van a entrar. Discúlpame.
No tuve fuerzas para insistir así que nos pusimos las mochilas y caminamos un kilómetro por la banquina, de la mano y a los besos, con el atardecer cayendo a nuestras espaldas. Mientras esperábamos que algún auto nos levante, dos pibes en un ciclomotor se acercaron a nosotros:
— Oigan, ¿ustedes venían en aquel auto?
— Sí, ¿por?
— ¿No quieren que los llevemos hasta una caseta que hay a dos kilómetros? Es muy peligroso que se queden aquí solos.
— ¿Y cómo nos llevan, de a uno por vez? No. ¡Gracias igual!
“Solos pero juntos”, pensé mientras la moto se alejaba dejando una nube de humo denso y se perdía en una curva. Media hora más tarde, con la noche conquistando el cielo, el chofer de un micro se apiadó de nosotros y ofreció dejarnos en el pueblo del comandante Emiliano Zapata. Subimos a un ómnibus vacío y nos abrochamos el cinturón. Nos abrazamos con fuerza, lloramos lágrimas de desahogo y viajamos en silencio. Ya en Zapata encontramos el Hotel Colonial, típico hotelucho de pueblo con luces tenues, piso alfombrado y olor a humedad. Nos dimos un baño frío y fuimos al centro a comer unos tacos, con el aliento de la muerte aún merodeándonos, pero con la certeza de estar más vivos que nunca.




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