Carta Blanca
- 19 abr 2024
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Actualizado: 23 abr 2024
Viernes 30 de septiembre de 2016
Nicola se levantó muy temprano el martes 6 de septiembre porque el aire acondicionado de la habitación donde se hospedaba no funcionaba bien y el calor lo despertó varias veces. La mía fue una noche digna: el ventilador de la habitación tuvo un desempeño incuestionable durante mis horas de sueño y maquilló el olor a humedad del cuarto, dejándome dormir - sin escalas - hasta pasadas las diez de la mañana. Hacía poco más de una hora que Nicola había desayunado un omelette con un cortado sin azúcar en el Hotel Plaza de Playa del Carmen y volvía a la habitación para ver a sus hijos por Skype que lo esperaban ansiosos en su casa de Nápoles. Sofía tiene seis años pero es más despierta que su hermano mayor, Santino, de diez. Laura, su mujer, recién llegaba de la oficina cansada y aun no había soltado la cartera sobre el respaldo de una silla cuando sus hijos, ya con la maquina encendida, le pedían que se acerque para llamar a su padre. Al mismo tiempo yo desenchufaba la heladera para conectar la tostadora y quemar dos panes, a los que les untaría un poco de mantequilla y otro poco de margarina, que es nada con gusto a nada. Mientras los mosquitos chupaban descaradamente toda la sangre de mis tobillos y empeines, yo también completaba el desayuno con un café, pero dulce, como siempre. Dos días atrás, el tano había aterrizado un Airbus A330 de Alitalia con doscientos cincuenta pasajeros y siete tripulantes a bordo, incluido él. De tanto en tanto, entre vuelos, Nicola tenía la posibilidad de descansar un par de días en las ciudades que caía. El día siguiente volará a la Ciudad de México e inmediatamente cruzará el charco para tocar tierra firme en el viejo continente y volver a casa. Era un tipo tranquilo, un poco cabezadura, desconfiado, muy amigo de sus amigos y algo estructurado. Estaba en el grupo de los tipos que aprietan la pasta de dientes desde atrás. A mí la sal dámela en la mano, yo no creo en esas boludeces. Eso sí, en la senda peatonal solo se pisan las líneas blancas.
Satisfecho con los doce minutos de contacto familiar, el piloto preparó una mochila básica y salió en busca del micro que lo acercaría a Tulum. Mientras caminaba por la quinta avenida, acalorado y con ojos cansados debajo del sol dañino del mediodía, yo le vendía - por internet y a seis mil kilómetros - un micrófono profesional a un desconocido de Barracas que soñaba con ser cantante. Luego me subí a la bicicleta y fui en busca de veinticuatro cervezas Carta Blanca que me esperaban con temperatura ideal en la heladera del supermercado. Yo les subía el autoestima y el precio y las vendía más tarde a cinco kilómetros, en una playa de arena blanca y turistas sedientos. A esta altura, Nicola, que le quedaban pocas cosas sin conocer en el mundo, miró casi de compromiso las ruinas mayas y enseguida encontró la palmera que lo protegería del sol el resto del día, a metros de un mar cálido, transparente y con olas mansas. El tráfico ilegal de alcohol en la playa pública nació después de dos intentos fallidos ofreciendo comida y bebidas de fruta: solo unos pocos se animaban a ser alimentados por las manos de desconocidos. En cambio, seas de la religión que seas, hayas nacido en Montevideo o en Afganistán, escuches Los Ramones o Tan Biónica, si se te acerca Dios disfrazado de un argentino treintañero con una lata de cerveza helada en medio de un calor insoportable, le decís que sí; siempre. De lo contrario, sos ateo o puto. Entonces, entre historias que nacen durante el recorrido pero que no vale la pena mencionar ahora, los nueve kilos con los que caminaba en la heladera se evaporaban al mismo tiempo que los bolsillos se llenaban de monedas y billetes coloridos e impermeables. Casi a las tres de la tarde Nicola encendió un porro para relajarse aun más y digerir una torta de jamón que devoró en menos de un minuto. Pitaba del cigarro que sostenía entre el índice y el mayor de su mano derecha y saltaba entre pensamientos: la familia, lo cansado que estaba de ir de ciudad en ciudad, la traición de Higuaín de dejar el Nápoli y migrar a La Juventus, su insostenible romance adolescente con una compañera de trabajo y las ganas desesperadas de tomarse una cerveza fría. Podía levantarse y comprar una Corona a cincuenta baros, pero el calor, la digestión y las flores lo tenían tumbado debajo de su palmera fiel. Yo ya estaba cerca del piloto y las cinco cervezas que me quedaban iban y venían dentro de la heladera golpeándose contra las paredes de telgopor. Frené un minuto para ver cómo se divertían seis israelitas con un frisbee y dos palos de madera en un juego imposible de explicar, les ofrecí cervezas y seguí hasta encontrarme con un tipo flaco, con cara de siesta, bermuda azul y pelo oscuro al que me dio lástima interrumpirle el cuelgue. Con poca convicción y algo de culpa le pregunté si quería una cerveza. Nicola, que estaba recostado bocarriba apoyándose en ambos codos se sentó rápido, achinó el ojo izquierdo y me dijo: << Perdón? >> Yo no sabía si insistir o irme a la mierda. << Vendo cervezas. I sell beers, sr >> Una sonrisa de nerd con compu nueva se dibujó en su cara y me respondió << I buy >>. Reconozco que admiré su manta colorida y luego me senté con confianza cerca de él en un acting absurdo que disfrazaba de amistad el ejercicio ilícito de compra y venta en la vía pública. Supongo que por tacaño y no por alcohólico, el tano eligió el combo económico de tres cervezas en lugar de la unidad y me envolvió en una charla cálida de veinte minutos en la que intercambiamos oraciones largas e ideas cortas en un itañol prolijo. Mientras las líneas en las que viajaban nuestras vidas abandonaban los carriles paralelos y se cruzaban por primera y, quizás, única vez, yo ganaba sombra de su palmera y él bebía cerveza a tragos largos; me contó lo que ahora saben de él, nos envidiamos los trabajos y nos despedimos con exagerada simpatía.




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