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Anticipar al 9

  • 30 abr 2024
  • 2 min de lectura

La tarea requiere un estado de concentración máxima. Uno no puede estar pensando en qué va a comer a la noche, o si trajo o no la toalla para ducharse después del partido. Cuando quiero anticipar un pase rival tengo que tener todos los sentidos al palo. Tengo también que estar a una distancia corta del delantero que, de espaldas a mí, espera una pelota que no va a recibir nunca; o casi nunca. Al mismo tiempo, sin desentenderme del alrededor, mis ojos deben estar bien abiertos, clavados en la mirada de quien lleva la pelota, en todos los músculos de su cara: serán ellos los que delaten al lanzador y me den la orden a mí de que salga en búsqueda de la pelota, para recibirla en soledad, dejando al nueve de seña.

En el mejor de los casos, si controlo sin trastabillar, podrá nacer un contragolpe con una defensa desarmada y vulnerable. Por el contrario, si me excedo en confianza, canchereo y se me escapa la pelota al dominarla, el nueve recibirá un regalo que, sin demasiado esfuerzo, podrá cambiar por gol. Me lleva mucho tiempo recuperarme anímicamente de semejante torpeza.

Pero retrocedamos unos segundos al punto de inflexión de la jugada. La pelota la lleva cortita el mediocampista a la altura del circulo medio; no necesita bajar la mirada para que no se le escape. Va a paso lento con el pecho erguido, el mentón levantado, como analizando las posibilidades que se le presentan: un lateral que le pasa corriendo por la derecha, otro que se le pone de frente y se la pide de manera insistente, el arquero que sale del área y le dice desde atrás “damelá y abrite”. Sin embargo, dársela al tipo que yo estoy marcando es la opción que más lo seduce, se le nota. Y como duda y vuelve a mirar a su alrededor, suelo distanciarme un poco de mi marcador para ofrecerle un pase más sencillo, más seguro. En ese preciso momento y no antes – y estoy desmenuzando el tiempo en milésimas de segundo – el tipo que lleva la pelota manda una orden que nace en el lóbulo parietal de su cerebro, recorre la médula espinal y viaja hacia los pies a través de los nervios. Me doy cuenta porque pestañea y baja la mirada, inclina un poco su cuerpo hacia adelante y se perfila para dar el pase.

Durante ese recorrido yo me adelanto a mi marcador, le gano la posición y espero una pelota que ni siquiera se despegó aun del pie del rival, pero que es imposible que no me llegue redonda a los pies en cuestión de segundos. Y digo esto porque a veces, quien lleva la pelota se da cuenta que adiviné sus intenciones y quiere volver para atrás y cambiar de idea, pero no puede, aunque haga esfuerzos, porque la orden ya fue enviada. Entonces le sale un pase fofo, que deja la pelota muerta a mitad de camino y nace la contra.

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