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Bajón

  • 30 abr 2024
  • 1 min de lectura

Estabas bajón y te clavaste un cuarto de helado. Creiste estar saciado. Creiste. Llegás a casa de madrugada ahora con bajón salado modo Dios y mientras cerrás la puerta no sacás la vista de la heladera. Vas hacia ella con la certeza de que sos capaz de morder un morrón crudo. Abrís la puerta con vehemencia. Encontrás una bolsa con aceitunas verdes en un estante de la puerta; la manoteás con una sonrisa íntima. Intentás desatar el nudo con los dientes, pero un rumor a salmuera te baña el paladar y te desesperas. Rompés la bolsa con los índices y te llevas una aceituna a la boca. Los labios abren camino al fruto pero antes de dejar de verlo admirarás su porte y su piel embadurnada en aceite y sal. La lengua la recibe y la desplaza hacia la mejilla izquierda, recostándola en el primer molar. El cerebro, a los gritos, le da la orden al maxilar inferior y este asciende con fuerza desmedida hasta comprimirla contra el maxilar superior. La muela atraviesa fácil la pulpa carnosa pero se encuentra pronto con el carozo, duro como un leño, que no cede y te parte la muela.

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