La Naranja
- 23 abr 2024
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Será que la experiencia fueron entonces aquellas naranjas falsas, naranjas tristes, que descubría incrédulo, inexperto, al dividirlas por la mañana para exprimirme un jugo. Entonces ahora, con la mirada calibrada, las descarto de la manada porque reconozco sin demasiado esfuerzo su falta interior. Las aparto, como con soberbia y me quedo con las que inflan de jugo su piel tirante y poco porosa; las recuesto en la palma y las tanteo, oprimiéndolas como la pinza que agarra los peluches y después los deja caer, atragantándonos la alegría. Las masajeo porque quiero estar seguro si son por dentro tal cual se muestran por fuera, luminosas, cumpliendo los estándares de belleza de su especie.
Pero aunque ya no me equivoque tanto como antes, lamento que esta capacidad me llegue tan tarde, porque le habría ahorrado muchos disgustos a mi abuelo, que amasaba la naranja contra la mesada, le hacía un agujerito con un Tramontina y le volcaba medio kilo de azúcar, para después apoyarle la trompa y apretarla desde el culo, besándola como nunca lo vi besar a nadie. Aunque se esforzaba, las rotaba y las volvía a apretar, apenas les arrancaba unas lágrimas. “Son una porquería” decía con cara de buldog y las lanzaba al tacho.
Con las personas también me equivoco cada vez menos. Porque es verdad que por fuera nos parecemos todos; la fisonomía, nuestra procedencia de un ejemplar similar, el cuero que protege huesos y órganos, y hasta la sangre metálica que nos corre como jugo. Pero basta con afinar la mirada y no perder de vista los detalles para reconocer las almas secas, podridas, o las que están camino a eso. Aquellas que no pueden maquillar su esencia, pese a que lo intenten, quedan apretujadas en el cajón, desinflándose, deteriorándose por dentro y contagiando su moho grisáceo a quienes permanecen a su lado. Otras no tan traslúcidas, las que no se dejan ver, bastarán con apretar su cuero rígido para que confiesen un interior vacío, sarmentoso.
Por eso intento llevarme a casa siempre las jugosas, las que tengan algo para dar, sin importar tanto cuán ácidas sean sus palabras, o qué tan dulces sean sus acciones.




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