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Sin ser

  • 23 abr 2024
  • 2 min de lectura

Meliquina, 23 de enero de 2022


No existe soledad más presente ni olvido más despiadado que el que siento un día después de cumplir años. No sé si a usted le pasó, pero yo, cada 23 de enero, experimento un repentino anonimato cruel, un desamparo que me sacude los restos de fama que me quedaron del día anterior. Porque hay algo peor que el odio o el desprecio: es el no ser.

Ayer cumplí 35 años y desde temprano me llegaron mensajes que no alcanzaba a responder; hoy ya no estoy en los pensamientos de nadie.

Hace apenas algunas horas, en persona y en distintas plataformas, viejos conocidos, amigos y aquellos con quienes hablo poco pero que en algún momento nuestras vidas se cruzaron, se tomaron unos minutos para dedicarme un saludo. La gran mayoría, avivados por el autobombo que hice en Instagram, me escribieron. Algunos, sin mayúscula ni signos de admiración. Otros hasta se filmaron en la intimidad de su casa y me regalaron unas palabras de afecto. Incluso por correo, una marca de ropa me ofreció un 25% de descuento si pagaba en efectivo en sus locales. Tanta energía depositada en uno hace que cualquiera se confunda y camine por la calle como agrandado, sospechándose una celebridad y esperando que el kiosquero lo salude con una sonrisa cómplice o le regale un chocolate con la compra de esa gaseosa. Mientras charlaba con un vecino, tranquera mediante, esperaba todo el tiempo que me saludara y me diera una palmada. ¿Qué está esperando para decirme 'feliz cumpleaños'?, si hasta se siente en el aire que es un día especial, distinto.


Pero hoy, los que ayer me adoraban y me revoleaban cariño ya ni me recuerdan. Los imagino ajenos a mí y a mi mundo, en sus quehaceres cotidianos, o hasta saludando a otros en su día, usando las mismas palabras que me dedicaron a mí, las mismas comas y caritas sonrientes.


Por suerte, cuando ya empiezo a dudar de mi existencia, aparecen los despistados o perezosos que ayer dijeron “después lo saludo” y se les pasó la hora. Entonces hoy, desganados en el sillón, se encuentran sin querer con este texto penoso, en el que se sienten identificados y por el cual no les queda otra que saludarme, para no dejarme morir, de la única forma en que en verdad se muere, que es en el olvido.

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